El Miedo (eneatipo 6)

Las Pasiones Capitales
VI. El Miedo

Por Alfonso Colodrón. Ilustraciones: Ana Roldán.

La Paranoia - © Ana Roldán
La Paranoia – © Ana Roldán

Si nos dejáramos llevar por una idea superficial del miedo como pasión dominante de un tipo de personalidad, jamás podríamos yuxtaponer en este rasgo personajes tan opuestos como Don Quijote, Dostoyevsky, Hitler, Woody Allen, Gandhi o Krishnamurti. Pero he aquí precisamente la profundidad y sutileza del eneagrama, que no es un sistema de generalizaciones, sino una vía de conocimiento de sí y, por ello, un mapa dinámico de interpretación de la realidad, a veces aparentemente paradójico, pero de una enorme coherencia.

El miedo constituye, en el símbolo del eneagrama, uno de los ángulos básicos (ángulo inferior izquierdo) del triángulo formado por la pereza (ángulo superior –eneatipo 9-) y la vanidad (ángulo inferior derecho –eneatipo 3-. Es por tanto, una de las tres piedras angulares de todo el edificio emocional, que explica con una claridad meridiana, comparándola con la visión freudiana de la neurosis como transformación de la ansiedad de la infancia. El miedo arrancaría originalmente de una carencia de ser y, por consiguiente, de una base para actuar, de atreverse a ser quien se es. Las personas caracterizadas por el miedo como pasión dominante tienen en común la desconfianza en sí mismas, que les lleva a la duda metódica y a la desconfianza del mundo y de la vida en general. Todo ello acarrea una actitud hipervigilante y alerta, un gran desarrollo de una mente sistematizadora y un cierto sentido de culpa, derivado de un exceso de introspección.

Es común que en la infancia no tuvieran un apoyo sólido emocional, por orfandad o ausencia psíquica de los padres, o que el ambiente familiar fuera incoherente, las pautas de conducta cambiantes o las reacciones de los mayores violentas o imprevisibles. En algunos casos, también la actitud superprotectora de una madre siempre preocupada pudo ser el factor dominante de la formación de un Seis, o la existencia de una madre víctima y culpabilizadora, tipo Cuatro. Sin embargo, las reacciones pudieron, ya desde entonces, adoptar variantes muy contrapuestas: la sumisión a la autoridad de naturaleza adaptativa y afectuosa, la rebelión y la agresión como huida, y la rigidez prusiana intolerante ante cualquier tipo de ambigüedad.

Lanzara - © Ana Roldán
Lanzara – © Ana Roldán

La segunda actitud, por ejemplo, se da en personas que nadie calificaría de cobardes, porque su miedo profundo y nunca reconocido les lleva a lanzarse a un torrente sin pensar, a agredir a alguien más fuerte sin prever las consecuencias o a trabajar en profesiones de riesgo para mantener un alto estado de adrenalina que les aleje de su debilidad más oculta. Recuerdo ahora a un guardia de seguridad de este rasgo, que había vivido toda su vida asustando a los demás para huir de su propio susto. Confesaba que ningún compañero quería trabajar con él, porque cuando conducía el furgón blindado lo hacía siempre a 150 por carreteras de costa llenas de curvas. Con su 1,90 de altura, su constitución atlética y su mirada desafiante y dura mantenía a raya el peligro permanente que para él suponían los demás. Era un representante típico del Seis contrafóbico.

El subtipo “conservación” presentará un aspecto totalmente opuesto de afabilidad, confiabilidad y afecto. Incluso, a veces, de cierta fragilidad asustadiza, como los personajes representados por Woody Allen en casi todas sus películas; fragilidad protegida por el desarrollo de una gran capacidad de raciocinio, capaz de prever todas las posibles consecuencias de las diferentes opciones, aunque ello les lleve a cuestionarse continuamente, dudando de sí mismos, a diferir la acción y, a veces, a la parálisis ante la toma de decisiones.

El subtipo “social” necesita especialmente el grupo y las normas para sentirse bien. Sus aspectos positivos serían la lealtad, la amistad duradera y la solidaridad. Sus extremos le llevaría al perfeccionismo, la rigidez y el fanatismo para cumplir y hacer cumplir las normas. Algunos aspectos del carácter alemán podrían ilustrar las dos caras de este tipo de carácter. El nazismo, desde esta perspectiva, sería la patología social extrema de la búsqueda del orden perfecto, de la norma inamovible, de la protección ante la imprevisibilidad de los movimientos sociales, del padre omnipotente y controlador que lo decide todo.

Pero más allá de las diferencias, todos los seis tienen en común un gran deseo de ser aceptados, basado en un sentimiento de inseguridad; pero boicotean su necesidad con la desconfianza hacia los demás, porque no confían en sus propias percepciones. Para compensar, necesitan acopiar datos y analizarlos una y otra vez, escudriñar el rostro de los demás para percibir señales y mensajes ocultos. Esto les hace muy sensibles al engaño y a la falsedad. Podría decirse que tienen un especial olfato para detectar cuándo alguien les intenta dar gato por liebre. Suelen ser ordenados, correctos, justos y ecuánimes, puntuales y responsables. Tal vez por ello, algunos prefieran trabajos en los que las normas estén claramente establecidas, como el funcionariado, la policía, el ejército o la docencia, aunque los contrafóbicos preferirán probablemente crear su propio empleo o, al menos, no estar sometidos a jefes ni a autoridades.

Existe un lema en el que casi todos coincidirían: “Deberíamos vivir a posteriori”. Así empieza la última novela, “Los frutos de la pasión”, de la serie del personaje creado por Pennac en 1985, Benjamin Malaussène. Este personaje literario trabaja en unos grandes almacenes para recibir las quejas y reclamaciones de los clientes descontentos y sigue siendo el chivo expiatorio en su vida familiar. Tal vez no sea un Seis típico, pero sí acaba paranoico y viendo enemigos en todas partes. Y la paranoia es la patología principal de este rasgo.

Seguro - © Ana Roldán
Seguro – © Ana Roldán

Vivir a posteriori significaría no tener que arriesgarse, decidir sobre seguro, saber de antemano que la decisión es la correcta, corregir el tiro en caso contrario. Cuando le pregunté recientemente a un paciente que se reconocía en este rasgo qué le parecía la frase, respondió con una vacilación menor de la habitual en él: “Firmaría ahora mismo” e inmediatamente se justificaba diciendo: “Pero es que creo que todo el mundo la firmaría”. Esa es precisamente la distorsión cognitiva de cada carácter: creer que el mundo es de una determinada forma para todos, que todos los demás piensan, sienten y actúan lo mismo que ellos. En este caso, no le cabía en la cabeza que, para un emocional Dos o un impulsivo e intenso Ocho, la vida sería un aburrimiento si todo se supiera de antemano.

He de confesar que, hasta que empecé a profundizar en el Eneagrama, no entendía mi propia impaciencia y desánimo ante determinados pacientes que, sesión tras sesión, se mostraban activos, aparentemente colaboradores y rápidos en admitir los señalamientos, pero que, en el último minuto, desmontaban todo lo elaborado durante casi una hora, con una pequeña duda o simplemente soltando como quien no quiere la cosa: “Todo esto está muy bien, pero podría ser lo contrario”. Ahora entiendo esa ambigüedad del Seis entre la aceptación de la “autoridad” y la rebeldía desconfiada y, sobre todo, su necesidad de hacer de “abogado del diablo” de su propio proceso, de poner todo en cuestión una y otra vez hasta la saciedad.

En seres que han hecho un trabajo de autoobservación no contaminada y que han trascendido el miedo, puede producirse una iluminación precisamente a través de este cuestionamiento permanente, como ilustra el caso de Krishnamurti, tal vez uno de los Maestros espirituales más atípicos y aclamados de este siglo. Jiddu Krishnamurti renunció en 1929 a ser “el Instructor del Mundo”, para lo que le preparaba desde los 13 años la Sociedad Teosófica, declarando que la verdad es “una tierra sin senderos”, a la que es imposible aproximarse mediante ninguna religión, filosofía o secta tradicional. Su método de “Seis iluminado”: investigar juntos, mirar la realidad profundamente sin ideas preconcebidas, sumergirse en la realidad tal como es.

Otro gigante histórico que superó la timidez y el retraimiento de su infancia fue Gandhi, el apóstol de la no violencia, tal vez, una de las formas más sutiles del coraje. Sin embargo, su filosofía no se basó tanto en la indagación a través del conocimiento, como en el sentido del deber y una moral estricta y peculiar.

A las personas que se identifiquen con la pasión del miedo podría servirles vivir más el presente, sin imaginar desgracias futuras; mirar la realidad profundamente sin distorsionarla añadiendo el quinto pie que el gato no tiene; fomentar su lealtad y solidaridad confiando más en sí mismos como primer paso para poder empezar a confiar en los demás y, sobre todo, ABRAZAR EL VALOR de la FE, LA FE EN LA VIDA Y EN SÍ MISMOS, pues ésta les acoge en su regazo cuando pueden APRENDER A CONFIAR.


 

La serie “Pasiones Capitales” es un aporte de Alfonso Colodrón – Terapeuta Gestáltico y Consultor Transpersonal. Las ilustraciones que acompañan a cada eneatipo pertenecen a la muestra Nueve Pasiones” de Ana Roldán, pintora española especializada en el retrato y la acuarela, en cuyo trabajo se fundieron los tres centros vitales: el emocional, el intelectual y el visceral, para representar así, intuitivamente a unos personajes cargados de simbolismo y color, en todas sus facetas espirituales y psicológicas.
© Publicación original de 2005. Los derechos intelectuales de las obras aquí expuestas pertenecen a cada autor. Prohibida su reproducción.

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